miércoles, 10 de abril de 2019

CAPITULO 71




Lo propuso tan entusiasmado que no pude decirle que no. Acarreando nuestras tazas de café, que por cierto era más rico de lo esperado, remontamos en silencio las escaleras para no perturbar el sueño de su padre.


Llegamos arriba de todo y, a través del ventanal, divisé el cielo estrellado.


Pedro abrió la puerta y salimos a la terraza. Me encogí dentro de mi chaqueta; él, dentro de la suya. Avanzamos hasta la baranda. Se me puso la piel de gallina y no por el frío. De día era un paisaje estupendo; por la noche era apenas imposible de tolerar sin sentirse ínfimo, sobrecogido y feliz. No sé si fue el cansancio, el perfume de Pedro, el paisaje o una conjunción de todo, pero los ojos se me llenaron de lágrimas.


—Valía la pena, ¿no es así?


Asentí con la cabeza.


Nos quedamos allí en silencio, respirando el aire frío, soltando nuestros alientos con olor a café. Un par de silenciosos minutos más tarde, Pedro se me acercó.


—Si gano el domingo, ¿lo celebrarás como hiciste con la victoria de Martin?


—¿Emborracharme? —le pregunté poniéndome nerviosa. Intuía que no se refería a eso; es que... de ser otra cosa...


Pedro se rio.


—Puedes emborracharte, pero creo que sobria estás mejor. Me refiero a salir después de la carrera, con los mecánicos y el resto del equipo.


—Siempre salimos después de la carrera.


—Lo que quería decir es si lo festejarás.


—No quiero que pierdas, Pedro.


—Tampoco que gane.


—¿Quién te ha dicho eso?


—Quieres que gane Martin.


—Quiero que los dos seáis felices con lo que os toca vivir.


—Yo no suelo ser muy conformista, que digamos.


—No digo que lo seas, tampoco lo soy yo. Lo que digo es que no deberías amargarte tanto por llegar en segundo lugar. Parece que no disfrutes de tus logros. Deberías estar orgulloso por todo lo que has conseguido hasta ahora.


—Lo estoy.


Lo miré de reojo e inspiré hondo, desviando la mirada hacia el Mar Negro.


—Si ganas, me alegraré.


—¿Más o menos de lo que te alegrarías si ganase Martin?


Noté mi frente arrugarse.


—¿Por qué tienes que hacer preguntas tan horribles?, ¿por qué tienes que estar todo el tiempo comparándote con otros? La relación que tengo contigo no tiene nada que ver a la que tengo con Martin; tú eres distinto a Martin. No
mezcles las cosas.


—Eres su amiga.


—Eso mismo —contesté sin mirarlo.


—Y nosotros...


—Podríamos llegar a ser amigos si no nos matásemos el uno al otro antes —solté a modo de broma, para esquivar el momento, que no tenía ni idea de adónde nos llevaría, de adónde pretendía Pedro que nos llevase.


A él no le quedó más remedio que reír.


—Vamos, campeón, sabes que ganarás. —Le di un toque en el brazo con mi hombro.


—Eso acaba de tocarme en lo más profundo —bromeó—. Si gano, quiero verte en el box.


Alcé las cejas en un gesto inquisitivo.


—He dicho que, si gano, cuando entre al box después de la carrera, quiero verte allí.


—¿Por qué? ¿Por qué debería hacer algo así? —Sacudí la cabeza—. Sabes que eso no es posible, Pedro. Una cosa es que alguna que otra vez me permitan ir a echar un vistazo durante las pruebas, pero yo no tengo permiso para...


—Yo te conseguiré ese permiso.


—Mejor que no. —Me aparté de la baranda—. Si ganas, iré a felicitarte, lo prometo. No menciones nada del box, no intentes inventar cosas raras. Me gusta mi trabajo y no quiero perderlo. No mezclemos las cosas —le pedí, y acto seguido recordé que estaba mezclándolas con Pablo. Bueno, al menos Pablo no tenía novia—. Ok, es hora de que vuelva a mi cuarto y de que tú te metas en la cama. No necesitas acompañarme a la puerta, pero prométeme que te acostarás pronto. Aquí está helando y tienes que cuidarte; te queremos sano y salvo, fuerte... y destrozando récords de vuelta en la pista.


Pedro sonrió a medias, como si detrás de esa sonrisa hubiese tristeza.


—Descansa. Mañana lo verás todo mejor. No pienses más, ¿de acuerdo? Solamente relájate; mañana en la pista harás lo que tan bien sabes hacer.


Su sonrisa tomó un poco más de fuerza.


—Buenas noches, campeón.


—Buenas noches, petitona meva.


Me reí y lo apunté con un dedo.


—Tengo que buscar en el traductor de Google qué significa eso.


Pedro se mordió los labios para no sonreír.


—Descansa tú también, y gracias por venir. Por cierto, discúlpame tú a mí también, por lo de China y todo lo demás.


—Hecho. Estamos en paz, campeón. Nos vemos mañana, después de tu pole.


Pedro soltó una carcajada.


—Dulces sueños —le deseé.


—Igualmente.


Ojalá soñase con él en ese estado, no por las ojeras o por su cara de cansancio, sino por, a pesar de sus nervios, la placidez de su espíritu. Creo que, por primera vez al estar a mi lado, lo noté relajado, sin la piel tensa, sin la mirada inquieta.


Lo miré una vez más, le sonreí y, después de retroceder de espaldas un par de pasos para quedar con su cuerpo enmarcado en el Mar Negro y en el cielo de Sochi, me di media vuelta y partí.


Dejé mi taza en la cocina y abandoné la villa en silencio. Al llegar al camino, alcé la vista hacia la terraza; Pedro ya no estaba allí, lo que me alivió.



CAPITULO 70




Al verme sola y al descubierto, en el acceso a su villa, comprendí que debería de haber pensado en una excusa para justificar mi presencia.


Sin tenerla, continúe avanzando. El justificativo que tenía no podía cargarlo en las manos y era probable que, aunque intentase explicárselo a Pedro, él no llegase a comprenderlo. Pensé en Sochi y en nosotros. Alcé la cabeza y lo miré. 


Pedro ya se había percatado de que alguien se aproximaba a su villa y se inclinaba hacia abajo, intentando adivinar la identidad de su visitante.


—¿Quién anda ahí? —gritó asomándose un poco más.


Mis pasos se clavaron en el camino.


—Soy yo, Paula —me anuncié, alzando la voz para que me oyese desde la terraza. ¡Por Dios que estaba helando ahí fuera! No entendía cómo él había conseguido no convertirse en escarcha allí arriba.


Hubo un par de segundos de silencio.


—¿Qué haces aquí a esta hora?


—Hemos llegado hace poco rato del circuito y me ha parecido verte. Sólo paso para saber si te encuentras bien.


—Deben de ser más de las dos de la madrugada.


—Sí, no sé... me quité el reloj antes de meterme en la ducha. Supongo que serán las dos y media o así. Las tres quizá. ¿Todo va bien? —planteé, dubitativa, temiéndome que fuese a mandarme a freír churros, por decirlo de un modo poético. Al instante se me antojaron churros con chocolate caliente; es que con ese frío...


—¿Por qué me preguntas eso?


—Bueno, es que te vi cuando entrábamos con el microbús y me preguntaba si... —tragué en seco—, si estabas bien. No quiero molestarte, pensé que quizá... Es muy extraño e incómodo hablar así a gritos contigo allá arriba. Solamente quería asegurarme de que estabas bien. Es tarde y tú te levantas temprano, y como mañana es la clasificación...


—¿Has venido a ponerme más nervioso?


Bueno, al menos comenzaba admitiendo que estaba nervioso.


—Puedo prepararte un té, si quieres.


—¿Has venido aquí, a las dos y media de la madrugada, para ofrecerte a prepararme un té?


—He venido porque he pensado que quizá quisieras... hablar —completé por fin, con todo el miedo del mundo—. O estar en silencio en compañía.


Pedro no emitió sonido alguno.


—O quizá prefieres estar solo —dije más para mí que para él—. De acuerdo, mejor me voy; supongo que, si quisieras un té o compañía...


—¿Quieres un café?


Por poco me caigo de culo.


—Bueno, sí, supongo que algo caliente me vendría muy bien; aquí hace un frío espantoso. No sé cómo los rusos resisten meterse en el mar sin...


Pedro no me permitió terminar.


—En seguida bajo.


Eso era exactamente lo que quería, que él bajase a abrirme, que estuviese solo; imaginaba que debía de estarlo; de otro modo no me invitaría a pasar. En fin, en ese instante tenía lo que quería y no sabía qué hacer con ello.


Era muy tarde para salir corriendo, la luz del recibidor de entrada se encendió.


Pedro debió de bajar a toda velocidad.


Abrió la puerta para recibirme; iba en pijama y con una chaqueta de Bravío igual a la mía.


El pantalón de su pijama era celeste, con finísimas rayas blancas verticales.


Llevaba calcetines, pero iba descalzo.


—Lindo pijama —le dije.


—¿No dormías solamente con camiseta?


—Aquí hace un puto frío espantoso. Justifica llevar pantalones de pijama.


—De estrellitas —me sonrió—, muy bonito. —Se apartó un poco de la puerta—. Pasa o nos congelaremos los dos.


—Me sorprende que no te hayas congelado tú allí arriba.


—La vista merecía el riesgo.


—Es demasiado tarde para disfrutar de las vistas de Sochi.


Pedro se encogió de hombros.


—¿Por qué has venido? —me preguntó una vez más, antes de que yo pudiese poner un pie dentro.


—Estaba preocupada. En China dejaste entrever el modo en el cual encaras esto y entiendo que, quizá, lo que pasó te tenga más ansioso de lo normal y, además de lo de la carrera, está lo que sucedió... Por el bien del equipo y del campeonato, no quiero ser una preocupación más. Bueno, imagino que es probable que exagere al pensar que puedo ser una preocupación para ti... Estoy intranquila por lo que dije frente a los mecánicos de Asa y sé que aquí todos hablan mucho y no quiero causarte problemas. —Después de soltar aquello a bocajarro y casi sin respirar, sólo había conseguido que Pedro se quedase mirándome sin parpadear—. No quiero ser un problema para ti. Es eso. Nada más, perdona por venir a molestarte.


Pedro continuó sin decir nada.


Los segundos de silencio me dieron oportunidad de revisar su aspecto.


Estaba un tanto ojeroso.


—¿Te encuentras bien?


—Estoy muy cansado.


—Deberías acostarte a dormir. Mejor me voy. Al menos me quedo tranquila, has bajado de allí arriba y no te congelarás.


—Pasa. Tengo una máquina de Nespresso. Tómate un café antes de regresar a tu cuarto; quizá eso evite que tú te congeles.


Pedro cerró la puerta y yo me quité la capucha de la cabeza.


—¿Has salido con el cabello mojado? —soltó reprendiéndome.


—Por eso llevaba la capucha puesta. Acabas de sonar como mi papá. — Avancé por la sala de estar—. ¿Estás solo? —le pregunté al notar que todo parecía demasiado vacío.


—No, con mi padre. No te preocupes; estaba muy nervioso y se tomó una pastilla para dormir.


—¿Y...?


—¿Mónica?


—Se hospeda en otro hotel. Este fin de semana los dos tenemos unas agendas infernales y, además, necesito concentrarme en la carrera.


—Ah, bueno.


—Vamos a por el café —propuso pasando junto a mí de camino a la cocina.


—Quizá no sea buena idea. Es muy tarde. —Detuve mis pasos. Ese lugar no era demasiado grande y, a pesar de que su padre dormía sedado o lo que fuese, en ese instante no me parecía muy buena idea haber venido—. Deberías acostarte e intentar dormir.


—Necesito tomar algo caliente —contestó sin detenerse para entrar en la cocina.


—Deberías meterte en la cama. —Lo seguí.


—Lo hice y no logré pegar ojo.


—Tienes que tranquilizarte; en las pruebas de hoy te ha ido muy bien. Seguro que obtendrás la pole position mañana.


Pedro llegó a la cafetera en ese mismo momento, se dio la vuelta y me miró.


—¿Te parece?


—¿Te quedan dudas?


—¿Si me quedan dudas de que te parece o de que conseguiré la pole?


Suspiré.


—Para tu información, creo que estás preparado para conseguir el primer puesto y no creo que deban quedarte dudas —contesté.


—¿Qué te gusta? —me preguntó apuntando a las cápsulas apiladas en un moderno dispensador, pasando de acotar nada a mi respuesta.


—No sé, cualquier cosa. Da igual.


—No puede darte igual —rezongó.


—Es que no suelo tomar este tipo de café.


Pedro cogió del dispensador dos cápsulas de un dorado sedoso muy elegante.


—Si no te gusta, te preparo otro.


—No, está bien, no te preocupes. ¿Seguro que no quieres ir a acostarte? Tienes que descansar.


—Ahora eres tú quien suenas como mi padre. Toma asiento, no pasa nada.


No muy convencida, me acomodé en una de las sillas que rodeaba la mesa de la cocina. No sabía qué hacer con mis manos o hacia dónde mirar. Al final acabé observándolo a él, su perfil. No tenía buen aspecto. ¿Estaría enfermo o sería solamente cansancio, tal cual afirmaba él?


—No es por meter cizaña, pero estás ojeroso. ¿Has cenado? Puedo prepararte algo de comer, si quieres.


La cafetera terminó de llenar la primera taza.


—Gracias, pero ya cené. —Me tendió la taza y se dispuso a preparar su café.


—Es tarde, pero si tienes hambre puedo cocinar algo rápido. Sé que no eres fan de mis comidas; sin embargo, para salir del paso, estaría bien.


—No es preciso, de verdad.


—¿Seguro? ¿No tendrás fiebre? —Prácticamente se pisaba las ojeras—. ¿Y si voy a buscar a tu preparador físico? César, ¿no es así? No sé en qué habitación se aloja; puedo ir a preguntar por él en recepción y traerlo.


—Si lo necesitara, ya lo habría llamado.


La cafetera acabo de preparar su café.


—Bien, de acuerdo; como quieras.


Pedro tomó asiento a mi lado alrededor de aquella pequeña mesa redonda.


Bebí un sorbo de café, igual que él. Los dos nos miramos y medio que nos medimos sobre los bordes de nuestras tazas.


—Sí que estabas preocupada para venir hasta aquí a esta hora —entonó nada más despegar la taza de sus labios.


Me aclaré la garganta y dejé mi taza sobre la mesa.


—Te vi allí fuera... pensé que te congelarías.


—Bueno, has conseguido hacerme entrar. —Sonrió.


En respuesta, le sonreí también.


—Otra vez... mil perdones por lo de China.


—No pasa nada.


—No quiero causarte problemas con tu novia.


—No me has causado ningún problema. Mónica y yo estamos muy bien.


Un monstruo de dientes largos se retorció dentro de mi estómago; quería salir a dar una dentellada por ahí.


—Me alegro.


Volvimos a beber en silencio.


—Sochi no tiene las mejores noches primaverales, pero... ¿quieres subir un momento a echar un vistazo? Merece la pena.





martes, 9 de abril de 2019

CAPITULO 69




Encendí la luz de la mesita de noche y me recosté. Mi mirada recorrió la habitación, hasta llegar a la ventana, la cual, a diferencia de las habitaciones más caras, en vez de dar al mar, daba a la montaña. La vista era sobrecogedora; ni más ni menos valiosa que la vista al mar... la vista que disfrutaba aquella sombra sobre la terraza.


—¡Mierda! —gruñí en voz alta. Dentro de mí se retorcía cierta culpa, de la cual sabía que no era sólo responsabilidad mía. Él tampoco era tan inocente, y no debía ser tan endeble como para no soportar no ganar una carrera... y, si no ganaba el campeonato, sería el próximo año o el siguiente; incluso si no volviese a ganar nunca uno...


Mi pensamiento derrapó en aquella curva veloz de mi cerebro. Me sentía tan mal por él y al mismo tiempo me daban tantas ganas de abofetearlo para que reaccionara. Con todo, estaba preocupada por Pedro.


«Su novia debe de estar con él», me dije.


«Pero... si es él quien está en la terraza, está solo», pensé.


De un respingo, me senté sobre la cama, deseando ir a asegurarme de que se encontraba bien.


Volví a acostarme entonando en voz alta que no podía hacerle una visita; la mera idea de ir hasta allí a esta hora no tenía sentido. Además, tenía medianamente decidido que me mantendría alejada de él porque, en adelante, me había propuesto darle una oportunidad a cosas menos autodestructivas, es
decir, a Pablo, con quien, pese a las juiciosas distancias que manteníamos estando dentro del circuito, en esos días habíamos encontrado demasiados momentos en los que coincidir el uno con el otro para cruzar unas palabras, para estar en silencio disfrutando de un trocito del paisaje de Sochi o incluso del vestíbulo del hotel o de sus alrededores.


¡Mierda, mierda, mierda! ¿Y si Mónica no estaba con él?, ¿y si se encontraba solo y realmente preocupado?


Pedro no necesitaba comerse la cabeza con pensamientos oscuros, con dudas; él tenía que tener claro que era capaz de ganar, al menos de intentarlo, y, si al final no lo lograba, tampoco sería el fin del mundo. No tendría que tener aquella cara que captó el cámara al final de las pruebas; debería verse feliz, no tan angustiado y casi como si estuviese enfermo.


—¡Mierda, Siroco! —chillé, y de un salto me levanté de la cama para así, en pantalones de pijama y camiseta, calzarme las zapatillas deportivas del uniforme del equipo y ponerme la gruesa chaqueta de abrigo. ¡Los rusos estaban locos si creían que eso, en verdad, era una temperatura primaveral!


¡Fuera estaba helando!


Cerré la cremallera de la chaqueta hasta el cuello, recogí mi llave magnética de la mesa de entrada y salí de mi habitación.


No me preocupó la posibilidad de toparme con nadie; en ese instante debían de estar todos inconscientes en sus respectivas camas. ¡Si es que cada vez quedaba menos para que volviese a amanecer!


El vestíbulo del hotel estaba desierto, iluminado a medias. Prácticamente me escabullí para dirigirme hacia las villas, encogiéndome dentro de mi chaqueta, con la capucha echada sobre mi cabello mojado para evitar que cogiese una pulmonía y, de paso, también para intentar no ser reconocida; es que casi me cubría toda la cabeza. Cuando brillaba el sol, la brisa marina resultaba agradable; en ese momento, helaba.


Apuré el paso hacia la villa de Pedro. No pensaba dármelas de kamikaze; antes de llamar a su puerta comprobaría que estuviese todavía despierto. Si no estaba en la terraza y no había ninguna luz encendida, ni loca llamaría a su puerta... y si las luces continuaban encendidas y él estaba allí, intentaría cerciorarme de que Mónica no estuviese con él; cómo haría eso, pues no tenía ni la menor idea.


Al acercarme a la villa, lo vi y no pude creerlo. 


Sí, era su alojamiento y él continuaba allí, de cara al mar. Seguían encendidas las mismas luces, o al menos eso me pareció recordar.


Si hubiese sido mi novio, dudo de que hubiese podido resistirme a la tentación de acompañarlo allí fuera, aunque fuese en silencio, solamente brindándole mi compañía.


Quise echarle a Mónica la culpa de la soledad de Pedro y al instante me arrepentí de pensar mal de ella. Conociendo a Pedro al menos un poco, imaginé que él debía de ser adepto a la soledad, a apartar a la gente de su lado. Ok, bien, quizá no lo hiciese con ella; que me apartase a mí era algo muy distinto, a mí no me conocía y nosotros apenas si nos tolerábamos y cuando...


«¡Basta, deja de pensar!», me grité mentalmente.


La piscina estaba iluminada, al igual que el camino de ascenso hasta la casa.


Allí, a esa distancia, no me quedó duda de que era él.