miércoles, 27 de marzo de 2019
CAPITULO 47
Martin continuó festejando su victoria por el resto del trazado. Entró por la calle de boxes y fue directo hacia la zona de pesaje. Allí lo esperaba su equipo.
De la euforia, Martin parecía no acertar a desconectar los artefactos que lo mantenían dentro del habitáculo. Noté que sus manos no sabían qué hacer; temblaban ligeramente.
Al final tironeó de todo y arrancó el volante para salir despatarrado de su vehículo.
Dio un salto de felicidad, sacudiendo los puños.
Más que haber ganado una carrera, parecía haber ganado el campeonato.
Con casco y todo, y habiendo dejado suelto el volante sobre el chasis de su monoplaza, se lanzó hacia sus mecánicos, quienes lo recibieron por detrás de las vallas con abrazos y golpes cariñosos en el casco y la espalda. Su equipo lo rodeó cuando Martin trepó para quedar más cerca de ellos. Casi lo perdí de vista entre la marea humana.
Al que no perdí de vista fue a Pedro, quien, muy despacio, soltó el volante de su sitio, desprendió las protecciones de los costados y se desencajó del interior del automóvil. Haruki se detuvo junto a él para comenzar el mismo proceso.
El realizador de televisión no debería de saber a quién mostrar, si al gran ganador o al perdedor, quien, por lo visto, se sentía más bien como «el gran perdedor» en ese momento.
Otto llegó junto a Pedro mientras éste, sin quitarse el casco, volvía a colocar el volante en su sitio tal cual indicaba el reglamento. El ingeniero de pista puso una mano sobre el hombro de su piloto. Con angustia, vi cómo Pedro se lo quitaba de encima de un único y brusco movimiento. Toto retrocedió.
La cámara captó de lejos a Martin despedirse de su equipo para ir al pesaje y, de allí, al podio, mientras se sacaba el casco. Pedro comenzó a hacer eso último también, para descubrir una cara muy similar a la que tenía la última vez que estuvimos frente a frente.
Tenía el rostro rojo, ya fuese de calor o de furia, o por una combinación de ambas cosas.
Martin también estaba acalorado; su largo cabello castaño caía a los lados de su cabeza, de su bronceado rostro. Sonreía con ganas. Vi que caminaba en dirección a Pedro, quien enfilaba hacia el interior del edificio en el que debía llevarse a cabo el pesaje, mientras Haruki iba a saludar a sus mecánicos.
Me pregunté si Martin sabría lo que hacía al aproximarse al campeón en un momento así; no quería ver a Pedro en una actitud similar a la que acababa de tener con Otto; no quería que, de modo alguno, le amargase la victoria a Martin. Por una vez podía aceptar perder; sólo por una vez, sin montar una escena, sin sentir que se acababa su mundo, sin hacer un berrinche porque las cosas no habían salido como él quería.
Habría jurado que Pedro intentó acelerar el paso al notar que Martin se aproximaba a él; estaba procurando escaparse de su amigo y contrincante.
Justo cuando comenzaban a internarse, al abrigo de la sombra, en la entrada a pesajes, Martin lo agarró por un hombro. La cámara del exterior los perdió de vista, pero la que iba sobre el steadycam los atrapó de inmediato en su objetivo.
Pedro continuaba con su mala cara, caminando a tirones mientras Martin lo sostenía por un hombro, medio reteniéndolo a la fuerza a su lado; éste le susurraba algo al oído.
Me dio la impresión de que Pedro estaba a punto de llorar debido a la rabia, y Martin ya no sonreía.
El realizador les dio algo de intimidad justo después de que uno de los pilotos llegase a Martin para felicitarlo, y luego otro, y entonces al brasileño no le quedó más remedio que soltar a Pedro.
Ninguno de los otros pilotos felicitó a Pedro por su segundo puesto, así como jamás lo felicitaban cuando ganaba.
Las imágenes regresaron al exterior.
Mónica tenía una mala cara solamente equiparable a la de su novio.
Volvieron a televisar el momento en el que Martin pasó la meta.
—En Rusia nos irá mejor. A Pedro le gusta mucho ese circuito.
—Sí, seguro —entoné mientras me ponía de pie para lavar mi taza de té ya vacía. Dejé la taza escurriéndose a un lado y me topé con la imagen de los tres del podio en la salita que antecedía la salida al público otra vez. Los tres pilotos intentaban refrescarse. Martin, sonriente, conversaba con Haruki mientras bebían agua. Pedro estaba a un lado, con la cabeza baja, acomodando la visera de su gorra de segundo lugar.
Me entraron ganas de ir hasta allí para darle una sacudida; de verdad que no podía ponerse así por llegar en segundo lugar en una carrera. Sabía muy bien que allí cada punto valía oro, pero... ¡por Dios, que se lo tomase con un poco más de entereza! Sí, sentía pena por él, pero no tenía sentido. Lucharía en Rusia, lucharía y demostraría todo lo que tenía que demostrar fuera de la pista, no así, dándole la espalda a su mejor amigo, al único piloto allí que no sólo soportaba su presencia y sus aires de campeón, sino que lo quería y lo protegía como un hermano mayor. Otra vez me dieron ganas de ir a propinarle un buen bofetón para que se le acomodasen las ideas.
No sé si el champagne con el que festejaron sus posiciones en el podio estaba frío, lo que sí estuvo helado fue el comportamiento de Pedro con respecto a Martin. Sí, le tiró líquido de su botella quizá unos cinco segundos, y después se acercó al borde de la terraza para lanzar, sin ganas, un poco del espumoso sobre los mecánicos y el resto del público; allí acabó todo para él.
Bebió un sorbo de champagne y bajó la botella; hizo amago de retirarse cuando, entonces, Martin tocó su hombro y le señaló el podio.
Para el final del festejo, el brasileño se llevó consigo a lo más alto de la tarima a Pedro y a Haruki, y desde allí saludaron los tres.
Los entrevistaron allí mismo. Hubo más de un momento muy tenso, pues Pedro no estaba bien predispuesto para hablar y, pese a que quien formulaba las preguntas era un expiloto, más de una vez lo miró como diciéndole que él no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Por suerte la atención se centró en el vencedor y el rosto de Pedro desapareció de la pantalla.
Sin embargo, aún no habían terminado: todavía les faltaba la rueda de prensa y las cortas entrevistas que daban en una zona habilitada detrás del área del paddock.
—Hora de regresar al trabajo —anunció Suri, y yo fui a apagar el televisor.
Así como me hubiese gustado haber podido ir a dar ánimo a Pedro, me moría de ganas de felicitar a Martin y por eso, cuando oí por ahí que la mayoría de los pilotos terminaba con sus obligaciones, avisé a Suri de que iba al baño y me escapé de la cocina.
Espiando como si estuviese escapándome de la cárcel, me pegué al parachoques de uno de los camiones y miré a ambos lados del corredor.
Estaba a punto de salir del área de Bravío para ir a buscar a Thiago; tenía la esperanza de encontrármelo todavía por ahí, ya libre de periodistas o incluso de sus relaciones públicas. Tenía ganas de darle un buen abrazo y de quedar con él y los demás para ir a beber algo esa noche.
—¿Se te ha perdido algo o te escondes de alguien?
Por poco vomito mi corazón.
Sé que alzó la voz de ese modo para asustarme; sé que llegó a mí sin hacer ruido a propósito. Le di la razón a mi intuición cuando me di la vuelta y lo encontré detrás de mí, de brazos cruzados, observándome con una mirada altiva. Había malicia en la mueca que formaban sus labios.
—Me has asustado —le dije, pero Pedro ni se inmutó.
—Si lo has hecho, por algo será. ¿Qué haces?
—Nada.
—¿Adónde vas?
—¿Para qué quieres saberlo?
—Por tu actitud, cualquiera diría que estabas a punto de hacer algo malo.
—Puedes regresar a tu autocaravana. —Sus malos modos hicieron que me entraran ganas de felicitarlo, en tono socarrón, por su segundo puesto. Me contuve.
—No.
—¿Necesitas algo de la cocina?
—No.
—Perfecto. Entonces, como no puedo serte de utilidad, seguiré con lo mío. Adiós, supongo que nos veremos en Rusia.
Di media vuelta y comencé a andar.
Maldije con ganas cuando noté que seguía mis pasos.
—¿Adónde vas?
—Vete —le exigí perdiendo la diplomacia.
—Deberías estar en tu puesto de trabajo.
—Y tu trabajo no es seguir mis pasos. Voy al baño.
—Los baños no quedan por allí. —Apuntó hacia donde yo ya sabía que quedaban los baños—. Por allí está el sector del equipo Asa. ¿Necesitas que te diga cuál es la casa rodante de Martin?
El té verde trepó por mi garganta. No le respondí. Sabía muy bien cuál era la autocaravana del brasileño.
—Debes de estar muy feliz —lo miré de reojo sin dejar de avanzar—, exultante; después de todo, eres «su chica».
—Y tú, «su chico». —Le solté una mirada como diciéndole que dejase de molestar, Martin y yo éramos sólo amigos.
—Queda claro que no es lo mismo.
—Lo que queda claro es que estás muy confundido. —Detuve mis pasos—. Planeo ir a felicitarlo, sí, porque, efectivamente, es mi amigo, y ésta es su última temporada y acaba de ganar una carrera después de mucho batallar para conseguir algo con su equipo. Supongo que también lo has felicitado. —Me quedé en silencio un par de segundos para ver su reacción. Frunció el entrecejo y apretó los labios como impidiendo que se le escapasen las palabras —. No creo estar haciendo nada malo. Ahora, si me lo permites... —Proseguí mi camino. Ilusa de mí, creí que así me dejaría en paz.
—Estás contenta, ¿no es así? —escupió en mi dirección.
—Sí, estoy contenta, pero no por regocijarme de que hayas terminado en segundo lugar, Pedro. Estoy contenta porque ha ganado mi amigo, nada más. No necesitas hacer un berrinche; no me hace feliz que pierdas, no soy así, no quieras ponerme en ese sitio.
—No te cuesta mucho ponerte en el lugar de la chica que sale corriendo a felicitar a un piloto del equipo contrario.
—Ok, estás montándome una escena, perfecto: descarga conmigo tu rabia si es lo que necesitas. Entiendo que estés frustrado; estás demasiado acostumbrado a quedar primero. A mí tampoco me gusta que se me baje el merengue, pero yo no te odio por eso, Pedro.
—¡El campeonato no es un puto merengue! ¡Esto es importante! —bramó atrayendo la atención de las personas que andaban por allí.
—¡Eh, tú, cuida el modo en que me hablas! No tendré sobre mis hombros cinco campeonatos mundiales de la categoría reina, ni soy dueña de mi propio aeroplano, pero no por eso tienes derecho a faltarme al respeto.
Un par de mecánicos del equipo rojo pasaron junto a nosotros sin perdernos de vista. Más de uno se quedó observándonos con curiosidad y sin demasiados reparos en hacer gala de su picardía.
—No busques pelea conmigo, Siroco —lo amenacé con un dedo en alto, perdiendo mis filtros y el sentido de la orientación, por lo que me olvidé de que ése era su circo. O al menos lo había sido hasta unas horas atrás, antes de perder su hegemonía sobre la pista—. No quiero discutir contigo.
—No, sólo provocarme para empeorar mi día.
—¡¿Disculpa?!
—Sabes muy bien de qué hablo —chilló.
—Definitivamente estás muy mal. ¿Sabes qué?, esta conversación se acaba aquí. —Di media vuelta y seguí con mi camino.
—Es porque no hemos vuelto a hablar después de lo que sucedió...
No le permití terminar.
—No sucedió nada, campeón. ¿Por qué, mejor, no te ocupas de tus cosas?
Tendrás cosas mucho más divertidas que hacer que seguirme a mí, imagino.
—¿Se lo has contado a alguien, a Helena?
—No tengo nada que contarle a nadie.
—Ella se ha pasado todo el fin de semana mirándome mal.
—¿Y de veras crees que es por mi culpa? —Ni siquiera me molesté en detenerme para decirle aquello—. Nadie sabe lo que pasó. No me interesa ventilarlo; de cualquier manera, no me necesitas a mí para que la gente te mire mal. ¿Acaso no te has percatado de que ninguno de los pilotos te felicita cuando vas al podio? Sólo estrechan tu mano los que se ven obligados a compartirlo contigo, y uno de esos suele ser tu compañero de equipo y, el otro, tu mejor amigo. —En ese momento sí que me había detenido—. Debiste ver la mueca en tu rostro al bajarte del automóvil y cuando Martin te hablaba en la zona de pesaje. No digo que debas sonreírle a la cámara si no estás feliz, pero sí que no actúes de un modo tan despreciable solamente por haber perdido una carrera, mucho menos cuando quien gana es tu mejor amigo.
Pedro se quedó mirándome en silencio un momento y al final reaccionó.
—Es evidente que tú no comprendes lo que significa esto.
—Lo que no entiendo es que tú no veas más allá de esto, pero, en fin, no tengo ni idea de cómo es tu vida fuera de aquí. Martin bien lo dijo, no te conozco.
—¿Martin y tú habláis de mí?
—Eres su amigo... De todas formas, no te emociones demasiado, no eres nuestro principal tema de conversación; por suerte, nosotros podemos hablar de otras cosas que no impliquen carreras, campeonatos y ese tipo de asuntos. Es sólo que es evidente que tu amigo se preocupa por ti porque ve que eres un pobre desgraciado que no le cae bien a nadie. Créeme que, en cierto modo, también me da un poco de pena no poder acceder a intentar ser tu amiga como él quiere, pero la verdad es que esto me sobrepasa, tú me sobrepasas. Simplemente no puedo contigo, no tengo la paciencia de Martin. De verdad creo que deberías cuidar un poco más la amistad que hay entre ambos, imagino que no tienes muchos amigos como él. Yo que tú comenzaría a plantearme qué será de ti el año que viene, cuando él ya no esté por aquí. —
Inspiré hondo—. Ahora, si me disculpas, iré a felicitarlo, porque a mí sí me interesa cuidar la amistad que tengo con él, más allá de este circuito, más allá del bendito campeonato.
martes, 26 de marzo de 2019
CAPITULO 46
La cámara tomó un primer plano de Mónica, la novia de Pedro, con los puños apretados frente a su muy bien proporcionado rostro, con la vista fija en el monitor. Por detrás de su perfil se veía el tenso rostro del padre de Pedro, Alberto, a quien yo conocía más a través de las imágenes de televisión que por habérmelo cruzado. Junto a él, David, su representante, con quien también tenía escasa relación. Yo para ellos era del tipo de gente invisible que no tiene mucho que ver con sus existencias, de esas miles de personas con las que se cruzaban en cada circuito. A Suri lo conocían, sabían su nombre porque lo tenían muy presente por ser quien se encargaba de los alimentos de Pedro, pero a mí ni siquiera me veían. En condiciones normales, eso no me hubiese perturbado demasiado. Sí me molestaban los malos modos que ocasionalmente se les escapaban al pedirme tal o cual cosa; lo que más me dolía era la indiferencia, porque veía la forma en que ellos y Mónica conformaban ese grupo compacto que rodeaba a Pedro a donde quiera que fuese y yo, por muy estúpido que me pareciera, pese a esa horrorosa manera que tenía de relacionarme poco o nada con Pedro, quería formar parte de dicho grupo.
La transmisión volvió a centrarse en lo que sucedía en la pista; faltaban sólo cinco vueltas para que cayese la bandera a cuadros y, tras clasificarse tercero, Martin, no con poco esfuerzo, había conseguido pasar a Haruki para
colarse en el segundo lugar después de calzar sus neumáticos de recambio en su último pit stop diez vueltas atrás. Desde entonces, el brasileño no hacía más que acortar la diferencia entre Pedro y él, vuelta tras vuelta, hasta llegar donde se encontraba ahora, pegado a la cola del monoplaza de Pedro, invadiendo sus espejos retrovisores, pegándose a él en la succión, manteniendo en vilo al público que abarrotaba las gradas del circuito.
Suri no paraba de morderse las uñas a mi lado.
No decía nada, pero de tanto en tanto, cada vez que Martin le mostraba que su motor todavía tenía potencia para pasarlo, asomándose en las curvas, pisando a fondo en cada recta, soltaba gemidos de sufrimiento.
Pedro estaba haciéndolo bien; Martin, también.
Cuando las cámaras mostraron lo que sucedía en el box del equipo Asa, comprendí que a ellos esa circunstancia les provocaba pura felicidad y entusiasmo; incluso si Martin no lograba sobrepasar a Pedro, debían sentir que, si no era en esa carrera, sería en la próxima, pues definitivamente habían conseguido lo que se necesitaba para hacerle frente a Bravío en la lucha por el campeonato. La pantalla quedó dividida en dos: nuestros mecánicos, con cara de preocupación, tensos sobre las sillas plegables, unos cruzados de brazos, otro aferrados a sus asientos, todos con la vista alzada hacia el monitor; los mecánicos de Martin, sonrientes, expectantes, vitoreando cada uno de los intentos del brasileño por colarse por uno u otro lado de los flancos del automóvil de Pedro.
—No creo poder seguir mirando —musitó Suri—. Mi corazón no lo resistirá.
Levanté un brazo y le palmeé la espalda; estábamos los dos sentados sobre unas banquetas altas, en mitad de la cocina, mirando la carrera desde allí, encerrados; los sonidos que procedían del televisor se mezclaban con los que entraban por la puerta abierta.
Los relojes marcaban que Haruki comenzaba a recuperar terreno en relación con Martin, pero de todas maneras no lograría superarlo: faltaban
sólo tres vueltas y, por más que continuase así, no podría alcanzar al brasileño, y mucho menos sobrepasarlo.
Bajé la vista por un momento para coger mi taza de té verde de la encimera y, cuando la levanté de nuevo, vi lo que supuse que, hasta ese instante, todos creían imposible.
Suri emitió un gemido lastimero y largo, que duró mientras la maniobra de Martin demostraba una de las razones por las cuales el carioca había sido dos veces campeón mundial.
Martin aceleró a fondo después de la recta principal y se tiró hacia el lado interno de la pista para atacar aquella primera cerrada curva de un modo temerario y preciso. Los dos monoplazas quedaron a la par. La pantalla se dividió otra vez en dos para mostrar lo que captaban las cámaras instaladas a bordo de ambos automóviles. Quedaron morro con morro.
Aquello no duró más que una milésima de segundo, pues por la cámara del bólido de Pedro se vio el coche de Martin adelantarse cada vez más... hasta que lo rebasó. La transmisión dejó la señal de una sola de las cámaras a bordo, la de Martin, y, de hecho, también emitieron el audio de la conversación que éste mantenía con su equipo. Mi amigo gritaba de felicidad.
Nuestro monitor se llenó con una imagen aérea del nuevo líder de la carrera: Martin, quien, con el correr de los segundos, se despegó más y más de Pedro.
En nuestro box, los mecánicos se agarraban la cabeza y rezongaban.
Mostraron a Mónica con los ojos abiertos de par en par, pasmada por lo que sucedía.
En el rostro del padre de Pedro sólo cabía un gran enojo.
David negaba con la cabeza.
En el box de Martin todos lo celebraban.
No supe si sonreír por Martin o preocuparme por Pedro. Dentro de mí sucedían las dos cosas al unísono.
Por el rabillo del ojo, vi que Suri se agarraba la cara.
Última vuelta.
Martin iba a ganar, a menos que su motor estallase por los aires. Si el mundo no llegaba a su fin por culpa de un meteorito que nos aplastara a todos, el brasileño iba a ganar la carrera.
Vi al director del circuito de China acomodarse contra la pared de boxes con la bandera a cuadros ya lista para recibir al ganador.
Las cámaras siguieron a Martin durante su última vuelta, enseñando así la diferencia que, en cuestión de pocos kilómetros, le había sacado de ventaja a Pedro.
Mi felicidad por Martin creció y mi amargura por Pedro formó un pozo oscuro dentro de mi abdomen. Rogué para que la victoria de Martin no derivase en otras consecuencias aparte de las que tenía la suma de puntos para el campeonato; es decir, que no influyese en la vida fuera del trazado. Imaginé que, si Martin quería tanto a Pedro, Pedro debía de sentir lo mismo por él, y por tanto ambos debían de tener muy claro que lo que sucediese dentro de la pista...
Martin pasó por delante de la bandera a cuadros chillando y riendo, con un puño en alto, pasando muy cerca del muro para felicitar a sus mecánicos, quienes habían salido corriendo hacia allí con los puños en alto para recibirlo con toda la ilusión que implicaba el haberle hecho frente al equipo más fuerte de la categoría y a su campeón. Es que, además, aquello no quedaba en Martin; Fabien, el francés compañero de equipo del brasileño, llegó en cuarto lugar, justo por detrás de Haruki.
El audio del equipo Asa vibró en mis oídos. En inglés, felicitaban al brasileño por la victoria.
Martin se lo agradeció y los felicitó por el trabajo bien hecho. Estaba exultante; tanto era así que la mitad de lo que soltó le salió en portugués y la otra mitad, en inglés.
No pude evitar sonreír ante su alegría.
A mi lado, Suri tenía cara de velorio.
CAPITULO 45
Si Martin no se percató de la mirada ácida que Pedro me lanzó cuando él soltó el «mi chica», yo sí. Pedro y yo volvíamos a tener puramente la misma relación que manteníamos antes de la noche en el circuito de Baréin, cuando creí que la tirantez entre ambos había aflojado. No es que buscara una amistad con él, pero sí un poco de paz. Ilusa de mí, quedaba claro que, después de lo sucedido en su autocaravana, no tendríamos eso ni ninguna otra cosa, porque para él no había sido más que un error.
—No, te estaba buscando.
—Bueno, pues aquí estamos. —Martin le sonrió.
—Sí, ya lo veo, no estoy ciego. ¿Nos vamos?
Pedro estaba listo para salir. No me costó admitir que, a pesar de su personalidad, estaba muy atractivo con esa camisa negra y esa chaqueta de cuero. La brisa del anochecer chino me trajo su perfume, el que tan de cerca
había degustado cuando me besó. Todo mi cuerpo se estremeció de placer con el recuerdo de todas las sensaciones que quedaron impresas en mí tras esos perfectos segundos en los que el mundo pareció convertirse en un lugar muy distinto al que era en ese exacto momento con él, cuando me miraba desde lo alto de su podio particular del que, por lo visto, no se bajaba jamás. Bueno, quizá bajó un peldaño cuando me beso, pero fue evidente que la vista desde allí abajo no le gustó y volvió a trepar de un salto a aquel sitio que le pertenecía, para dejarme a mí en el último puesto, muy lejos del champagne, del área de Carmen que sonaba con cada victoria, de los besos de felicidad que acompañaba cada uno de sus logros.
—En cuanto termine de ayudar a Paula. Échanos una mano, acabaremos antes.
Pedro puso cara de horror y a mí me saltaron todas las alarmas. ¿Acaso Martin estaba loco? ¡No podía sugerir aquello!, ¡¿es que no veía la mueca en el rostro del campeón?!
—No, no, no, no —exclamé—. De ninguna manera. Vete ya, Martin. No querrás llegar tarde a tu cena.
—Sí, sí, sí, sí —replicó, y se agachó para recoger una caja.
—¡Martin!
Éste le tendió la caja a Pedro.
—¡¿Qué haces?! —chillé.
Pedro estaba tan sorprendido que no atinó a negarse a sujetar la caja que el brasileño colocó en sus manos. Su cara se descompuso por completo.
Quise morirme en este mismísimo instante. Temí que Pedro me despreciara por completo y, pese a todo, no quería eso.
Con las piernas como gelatina, debido a un miedo irracional, acorté la distancia que nos separaba y agarré la caja.
—Perdón —le dije, y tiré de la misma hacia mí.
Había estado intentando no mirarlo a los ojos, pero, sin querer, alcé la vista y me topé con tu terrible mirada azul celeste. Mis piernas terminaron de reblandecerse cuando el aire que soltó por la nariz llegó a mí. Su perfume era demasiado intenso a esa corta distancia y resultaba demasiado fuerte y tentador —un tanto tortuoso también — tener sus labios a escasos centímetros de los míos sabiendo que no podía
tocarlos con mi boca y ni siquiera con las yemas de los dedos y ¡por Dios que quería tocarlos!
Mis anhelos sintieron vergüenza de sí mismos ante la mirada soberbia que me dedicó.
Decir que me sentí ridícula es poco.
Intenté quitarle la caja de las manos, y no me lo permitió.
—Mejor os vais ya. Puedo sola con esto —comenté mirando hacia cualquier otra parte que no fuesen sus ojos o el resto de su cuerpo.
—En un minuto —entonó Martin. Su voz evidenció el esfuerzo de recoger una caja.
—No, no... —Tiré otra vez de la caja que sostenía Pedro y lo arrastré conmigo—. Os marcháis ya mismo. Os ensuciaréis. Puedo sola con esto; de verdad que os lo agradezco, pero... —Pedro cortó mi discurso desesperado dando un tirón más que brusco, arrastrando la caja consigo, y a mí, para girarse.
La caja se me escapó de las manos.
Por encima de un hombro, vi que Martin venía hacia nosotros con otra caja en los brazos.
—Anda, Duendecillo, recoge una y guíanos hasta tus dominios —pidió el brasileño a modo de broma.
En cuanto terminásemos con las cajas, ya no serían mis dominios. Me desterrarían de la categoría.
—Andando, campeón.
Vi a Martin pasar junto a Pedro para darle un empujón hombro contra hombro.
Apreté los párpados, angustiada. El carioca pasó de largo en dirección a la cocina. Noté que Pedro no se movía de su sitio. Me observaba fijamente. Volví a pedirle disculpas y, como respuesta, obtuve un resoplido de fastidio que derivó en un meneo de su cabeza para culminar en el movimiento de sus pies al girar para seguir a Martin.
Recogí una caja del suelo y fui detrás de ellos.
A mis cortas piernas les costó seguirles el ritmo, sobre todo porque las cajas eran pesadas y ellos tenían un entrenamiento físico que, a pesar de que yo llevaba un par de semanas contagiada de ese entusiasmo que reinaba en el equipo, no lograría alcanzar por más esmero que pusiese en ello. Además, las piernas de Pedro y Martin tenían unos cuantos centímetros más que las mías.
De un salto lleno de energía, Martin entró en la cocina.
Apreté el paso, pero luego me detuve en seco en cuanto vi a Pedro detenerse para darse la vuelta y enfrentarme.
«¡La que se me viene encima!», exclamé dentro de mi cabeza; su rostro tenía la apariencia que bien podría tener como resultado de que alguien le hubiese obligado a ingerir algo preparado por mí.
—No me gusta lo que haces —murmuró.
No supe qué contestar o hacer.
—Ya te he pedido disculpas. No era mi intención que te obligase a ayudarme. Tampoco quería que él me ayudara. —Procuré contener mi tono.
—No es sólo eso.
Él no contuvo el suyo.
«No pelees, no caigas en su provocación, mantén la paz —me repetí mentalmente una y otra vez, cual mantra—. Recuerda que este empleo te gusta, que pretendes conservarlo.»
Apretando los dientes, guardé silencio.
—Estás fuera de lugar.
Al oír eso, apreté los dientes y los labios. Bajé mi caja al suelo y le quité la que él cargaba en las manos.
—No, el que no pertenece a este lugar eres tú. Ésta es la cocina, no la pista de carreras. Gracias por tu ayuda.
Martin apareció en la puerta de la cocina.
—Es hora de que vosotros dos os larguéis a disfrutar de la noche. —Le di la espalda a Pedroy, al pasar junto a mi amigo, le estampé un beso en la mejilla —. Disfrútala —añadí sonriendo—. Mañana me cuentas qué tal ha ido todo.
—No, si todavía no hemos terminado.
—No me repliques. Vete ya.
—Pero si...
—Pero nada, Martin. Que pases buena noche. Pasadlo bien los dos.
—Paula, no seas...
No le permití seguir: con la caja que sujetaba, lo aparté. Me puse más nerviosa de lo que ya estaba, porque Pedro no apartaba su mirada reprobatoria de mí.
Por fin Martin pareció notar que el campeón no se sentía muy predispuesto a continuar echándonos una mano. Se me acercó y me susurró al oído que no me preocupara. Besó mi mejilla y me dio las buenas noches en portugués.
Se alejaron de mí, Pedro sin volver a emitir una palabra. De cualquier modo, ni siquiera necesitaba despegar los labios para hacerme saber lo que experimentaba. El campeón podía ser muy transparente para demostrar su desprecio.
Procuré no angustiarme y pensar en todo lo positivo que tenía en mi vida desde que me había unido a la categoría. Era incapaz de controlarlo todo y, si él no podía ser nada bueno en mi vida, pues... mejor que me fuese haciendo a la idea de dejarlo regresar a la suya, lejos de allí, lejos de mí.
«Tan lejos», pensé. Y así, en un parpadeo, me sentí pequeña. Mi corazón cayó al suelo, con mis latidos tras él tornándose cada vez más débiles, como pasos de un sediento arrastrándose hasta la única fuente de agua que quedara en el mundo.
Intenté respirar y mi garganta se cerró. Mi cabeza se nubló por culpa de una sensación que no quise sentir.
Por poco se me cae la caja de las manos.
Continué encogiéndome sobre mí misma mientras veía a Pedro alejarse.
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