domingo, 7 de abril de 2019

CAPITULO 62



Los siguientes minutos se perdieron dentro de mi cabeza. Creo que pasamos por la recepción de mi hotel, que él pidió la llave de mi cuarto mencionando mi apellido. El recepcionista lo reconoció y le dijo que era una suerte conocer al campeón. ¿Fue real el que le dijera que lamentaba que no hubiese ganado ese día?


Tengo el vago recuerdo de haber atravesado, colgada del cuerpo de Pedroel vestíbulo del hotel en dirección a los ascensores.


Imagino que fue él quien me sacó del interior de la cabina del ascensor.


Me sentía tan mal cuando llegamos a mi puerta que sólo atiné a soltarle un «la puta puerta» en un español muy porteño.


Pedro abrió la puerta de un golpe y yo me lancé directa al baño para caer de rodillas frente al inodoro justo a tiempo para vomitar un poco más. Y otro poco más también cuando él llegó a mí para posar su mano sobre mi espalda y con la otra sostener mi frente empapada en sudor frío, mientras las arcadas me dejaban sin aliento.


Con un gesto amable, me pasó una toalla para que me limpiase los labios.


Lo vi mirarme y volví a caer por un pozo. 


Lamentable espectáculo estaba dando en su presencia.


—¿Has acabado?


—Dudo de que quede nada más dentro de mi estómago o en mis tripas, creo que he sacado hasta la primera papilla.


—Sí, lo he notado. Ven aquí, te llevaré a la cama.


—No, vete; ya has hecho suficiente.


—No pienso dejarte tirada aquí en el suelo del baño, está helado. Tienes que llegar a la cama, quitarte esa ropa empapada en sudor y abrigarte. Estaría bien que intentases beber un poco de agua.


—No quiero agua ni quiero que me desvistas.


—Paula, te enfermarás si te quedas así; además, no pasa nada.


—Sí pasa.


Pedro no dio opción a mis replicas. Se levantó del suelo y, acto seguido, me puso en pie de un tirón.


Salimos a la habitación.


Mi cuarto era pequeño, acondicionado con una cama que se suponía que era de matrimonio, pero que no resultaba mucho más grande que una cama individual; junto a la ventana había una mesa con dos sillas. Mi equipaje estaba medio repartido por ahí y, todo lo que me había probado antes de salir en busca de un atuendo perfecto, regaba el suelo por todas partes. No solía ser así de desordenada, pero no me había dado tiempo a poder colocar las cosas en su sitio antes de salir, porque no quería llegar a la celebración de Martin todavía más tarde de lo que llegué.


Lo vi echarle un vistazo a todo y me entró vergüenza.


En penumbra, Pedro me acompañó hasta la cama y sobre ésta me sentó.


Encendió la luz de la mesita de noche.


Tenía ganas de derrumbarme sobre el colchón; hice un esfuerzo para mantenerme sentada.


Pedro se agachó ante mí y me quito un zapato.


—No hagas eso, yo puedo.


—No, no puedes.


Aparté la pierna, pero él atrapó mi tobillo a mitad de camino. Me quitó el otro zapato.


—Por favor, no me hagas esto.


—Estoy ayudándote a meterte en la cama. No es una tortura, Paula.


—Es una tortura que lo hagas tú.


Sacudió la cabeza, ignorándome. Se puso en pie y me agarró la mano derecha para sacar mi brazo fuera de la chaqueta.


—Esto es patético.


—No te emborrachas a menudo, ¿o sí?


—No. Llevaba años sin ponerme así. Bebo un poco, pero... hoy... No suelo coger estos pedos, tienes que creerme.


—Perfecto —dijo haciendo fuerza para liberar mi brazo izquierdo del abrigo—. Te creo, no pasa nada. —Dejó la prenda a un lado—. ¿Dónde tienes la camiseta con la que duermes, o al final será que tienes un camisón de seda y encajes?


—Duermo con una camiseta de Bravío que me regaló Érica.


—Tú sí que luces la camiseta de Bravío. Da gusto contar con gente así entre nosotros. Ni cuando duermes dejas de pensar en el equipo.


Corrección: en él.


Pedro echó un vistazo a su alrededor.


—¡Ah, allí hay una!


Sobre la mesa, entre un montón de ropa, descansaba la prenda.


Pedro se alejó de mí y me tambaleé. Recogió mi camiseta de encima del mueble y, de regreso a mí, la olió. Casi me desmayo, todo mi cuerpo se encendió.


—Huele a limpio, a perfume. A ti, pero a limpio.


—¿Es un insulto?


Pedro se rio.


Llegó frente a mí otra vez.


—Mejor te meto en esa cama cuanto antes. Alza los brazos.


—Puedo cambiarme sola. No me verás en sujetador.


—No hagas tanto alboroto, Paula, ni que fuese la primera vez que veo a una mujer en sujetador.


—No, seguro que tu vida adulta ha sido un desfile de mujeres bonitas del estilo de tu novia. Imagino que así debe de ser cuando eres campeón del mundo.


—Por Dios, no vuelvas a beber así. Te hace mucho daño. No dices más que ridiculeces.


—Seguro que a lo largo de tu vida te has acostado con cientos de mujeres —solté, y rompí a llorar otra vez. Él, a reír.


—Yo no me he acostado con cientos de mujeres. Paula, estás borracha.


—No, ya no lo estoy.


—Bien... si no lo estás, entonces te diré que no han sido cientos ni de lejos.


—¿Cuántas? —lo increpé sin sentido. No podía controlar ni mi boca ni ninguno de mis actos.


—Si te lo digo, ¿me permitirás quitarte esa camiseta, que es un peligro andante, sobre todo para dormir con ella puesta? —Pedro se cruzó de brazos apretujando mi camiseta de Bravío entre su pecho y sus brazos.


—¿Me dirás la verdad?


—¿Qué necesidad tendría de mentir?


—Bien.


Me contempló serio durante un par de segundos.


—Dos.


—Dos, ¿qué? ¿Dos decenas, dos docenas, dos tercios de la población femenina de Montecarlo?


Pedro se rio con ganas.


—Dos mujeres, Paula.


—No necesitas mentirme.


—No, por eso mismo no miento. Mi primera novia y Mónica.


—Te burlas de mí.


Negó con la cabeza.


—Alza los brazos ahora. Dos, tres... la anatomía es la misma.


—Mi anatomía no es como la de tu novia. Su genética y la mía no son iguales.


Pedro se carcajeó.


—A mí me faltan algunos de sus genes. —Me cubrí los pechos con las manos sobre la camiseta y él rio con más fuerza.


—Estás loca. Levanta los brazos de una puñetera vez para que pueda cambiarte.


—¿Es verdad que son dos?


—Sí, Paula, dos. Conocí a Mónica cuando tenía quince años y por aquel entonces estaba con mi primera novia, con la cual debuté. Terminé con mi novia, pasé un tiempo solo y después comencé a salir con Mónica... y llevo con ella desde entonces. Ahí tienes a las docenas de mujeres, al centenar, a los dos tercios de la población femenina de Montecarlo.


—Tienes que estar bromeando.


Negó con la cabeza. Me sujetó por las muñecas y alzó mis brazos.


—No todos los hombres sienten la necesidad de acostarse con los dos tercios de la población femenina de Montecarlo. —Pedro se inclinó hacia delante y agarró mi camiseta por la cintura para tirar hacia arriba—. No digo que no haya otras mujeres que me parezcan sexis, pero yo amo a mi novia, estamos bien tanto dentro como fuera de la cama; además, trabajo demasiado y estoy muy dedicado a lo que hago. No necesito nada más.


De un tirón acabó de sacarme la prenda.




CAPITULO 61





Pedro acomodó sus dedos entre los míos, tirando un poco más de mí. Su mano izquierda estaba igual de fría que la derecha. Me eché a temblar. Una ola ácida trepó por mi garganta.


Me sobrevino una arcada que no pude contener. 


Mi cuerpo se dobló en dos.


Me solté de él, pero él no me soltó, no al menos del todo. Su mano se quedó en mi espalda; la otra, aferrada a la mía para sostenerme mientras yo se la estrujaba al vomitar, soportando una arcada tras otra.


No devolví encima de él, ni encima de mí. 


Vomité en una esquina china, de la mano del cinco veces campeón del mundo, por el cual estaba completamente loca en el más amplio espectro de la palabra.


Las arcadas provocaron que mi estómago se retorciese hasta tocar fondo, hasta vaciarse por completo.


Acabé empapada en sudor, temblando como una hoja, deseando estar en algún sitio que me fuese familiar, junto a alguien que me resultase familiar, que me tranquilizara. Me sentí miserable y tan tonta que no pude hacer otra cosa que arrancarme a llorar cual magdalena, todavía aferrada de su mano, con mis dedos entrelazados a los suyos, con su otra mano sosteniéndome la cintura para apretarme contra su cuerpo.


Sus manos eran tan suaves y fuertes, su perfume tan varonil...


Lloré todavía con más fuerza.


—¿Mejor?


Negué con la cabeza.


—Me siento fatal. Horrible. He vomitado delante de ti. Soy un asco, esto es un asco y no puedo parar de llorar. —Lo que trepó a continuación por mi garganta no fue una nueva arcada, sino ardiente angustia—. Soy un desastre.


—Mañana por la tarde, después de dormir un poco, quizá vomitar un poco más y darte una ducha, te sentirás mejor.


—No es solamente eso.


—Vamos, Paula, todavía tienes alcohol circulando por tus venas. Mañana te encontrarás mejor y lo verás todo de otra manera.


Me tapé el rostro con mi mano libre para esconderme de él y volver a llorar. No quería sentir que él era mi lugar seguro, mucho menos que me sentía segura con su presencia, así... tan a gusto con él. ¡No debí beber, mi cabeza era mi perdición en ese instante!


—No pienses más. —Pedro me llevó hasta la 
pared del edificio más próximo y, con ésta, apuntaló el peso de mi cuerpo. Sus manos me abandonaron para ocuparse del cierre de mi chaqueta, que se había abierto—. Mañana necesitarás aspirinas y beber agua en grandes cantidades, y comer bien sano.


—Como tú —solté llorando.


Pedro sonrió.


—Sí, como yo.


—Tú no has bebido.


Negó con la cabeza, sonriendo todavía.


—Sólo agua. —Lloré y él se rio con más fuerza.


—Paula...


—Hasta para eso eres bueno.


—Quizá, y según tú, para eso y nada más. Ahora que ya estás abrigada, permite que te lleve a tu hotel; necesitas meterte en la cama cuanto antes. Estamos a menos de una calle.


Sentí que moqueaba y me dio vergüenza. Debía de tener mocos, lágrimas y vómito por toda la cara, y ni me atrevía a pensar en lo que debía ser la sombra negra de mis ojos. Me entró todavía más bochorno.


Pedro me recogió de la pared para sostenerme en un abrazo.


—Con un poco de suerte, no recordarás nada de esto por la mañana.


—No estoy tan borracha y tú sí lo recordarás, porque has bebido agua y no cerveza —solté hipando.


—Juro solemnemente que procuraré olvidarlo.


—No te costará ni dos parpadeos olvidarte de mí.


Pedro no contestó, continuó guiando nuestros pasos hacia no sabía dónde.


Yo ya estaba completamente perdida y no tenía ni idea de dónde ponía los pies.




sábado, 6 de abril de 2019

CAPITULO 60




Entre sus palabras y su acción, no medió ni un segundo. Pedro se agachó a mi lado, tiró de mi brazo izquierdo y, con éste, rodeó sus hombros. 


Su brazo derecho pasó por mi cintura. Mi nariz quedó por un instante justo sobre su cuello. Mi cuerpo, ya de por sí flojo por el alcohol, se convirtió en una masa informe.


Pedro me puso de pie, apartándome de su cuello; de cualquier modo, tenerlo así de pegado a mí —tan tortuosamente pegado a mí— resultaba desesperante.


Los chicos nos dieron las buenas noches y, con mis piernas, que iban como las de una marioneta, y sus brazos sosteniéndome, llegamos a la puerta que una de las camareras llegó presurosa a abrir con el gesto más servicial y amable del mundo.


En cuanto pusimos un pie fuera, sentí un frío abismal. Era ese frío destemplado de la madrugada combinado con el agotamiento y la borrachera.


Una sensación única y espantosa, que me hizo desear encontrarme en mi cama del hotel, arropada, en un parpadeo.


Pedro echó a andar en la dirección en la que creía recordar que quedaba mi hotel.


—¿Sabes dónde me hospedo?


—¿Tú no?


Le gruñí en respuesta.


—Claro que sé en qué hotel se queda la gente del equipo.


Su mal humor era evidente.


No repliqué nada, porque me sentía tan torpe, tan mareada... No tenía mucha idea de dónde ponía los pies y me molestaba pasar vergüenza delante de él. Sabía que, si en ese instante me soltaba, caería despatarrada al suelo. Con suerte, así, de su agarre, avanzaba medio haciendo eses. Si me soltaba, ni gateando conseguiría llegar a mi hotel. La calle estaba desierta. Nadie me ayudaría.


—Tienes las manos heladas. —En condiciones normales, tener su mano sobre mi cintura desnuda, ya que la camiseta roquera se me había subido por el torso, a causa de caminar toda torcida y medio colgada del hombro de Pedrohubiese sido una experiencia agradable; en este momento sólo conseguía ponerme la piel de gallina.


—Es un pena que no me haya traído guantes, y que tú lleves puesta una camiseta a la que le falta la mitad inferior.


—A mi camiseta no le falta nada; si fuese más larga, sería un camisón. Además, es así porque tiene el cuello barco para que cuelgue de un hombro o del otro.—La cerveza hacía que se me escaparan las palabras más estúpidas.


En los labios de Pedro apareció, una vez más, un amago de sonrisa.


—Le sobran adornos para ser camisón.


—Bueno, no sé... no uso camisón para dormir.


—¿Duermes desnuda? —entonó pícaro.


Me puse roja como un tomate maduro.


—En camiseta —le aclaré—. Imagino que estás acostumbrado a las sedas y los encajes.


—Sí, deberías ver lo bonito que me queda el encaje —soltó muriéndose de la risa. Su cuerpo tembló de las carcajadas, sacudiéndome a mí.


Nos habíamos detenido en una esquina.


—No lo decía por ti. ¡Serás idiota! Era por tu novia.


—Por favor, Paula, déjalo ya. Te estoy tomando el pelo.


—Sí, todo el tiempo.


—No, no todo el tiempo.


—Te molesta mi cabello, mi comida, mi ropa...


—Eso lo dices tú. No lo hagas más.


—No tienes que acompañarme al hotel. —Pedro quiso retomar la marcha y no se lo permití.


—No seas necia.


—Mira quién habla. —Intenté resistirme a sus tirones, pero, borracha y con todos los centímetros de diferencia en altura que había entre él y yo, eso me resultó físicamente imposible.



CAPITULO 59




—Muy bien, petitona meva, llegó la hora de que te lleve a tu hotel.


La exclamación de Pedro por poco me mata. Su tono fue dulce y, a la vez, quizá demasiado efusivo, y yo estaba entre dormida, mareada y con un dolor de cabeza tal que me parecía que me estallaría el cráneo.


—Chis, no grites, por favor. —Me retorcí de dolor por dentro y sé que le puse mala cara.


—¿Te sientes mal? —me preguntó al llegar a mi lado izquierdo.


—¿A ti qué te parece?


Alcé la vista y lo descubrí sonriéndome con suficiencia. Allí estaba otra vez su pose altiva.


Mi cerebro llegó a la conclusión de que solamente se había comportado bien conmigo porque Martin estaba presente. Con el brasileño camino a su hotel, podía volver a ser un asco conmigo.


Asco... eso mismo sentía yo en ese instante. 


¡Qué ganas de vomitar!


—A mí lo que me parece es que te has pasado de la raya y mañana tendrás una resaca memorable. Ya eres mayorcita, de modo que hazte cargo.


—Qué gusto que debe darte regañarme.


—Y tener la razón —acotó con una gran sonrisa—. Andando. En pie. ¿Puedes levantarte?


—Eres un pedante. —La cabeza me dio vueltas y cerré los ojos.


—No, no puedes. —Rio.


—Continúa molestándome y juro que haré todo lo posible por vomitar encima de tu precioso cabello rubio.


Pedro se carcajeó con ganas.


—¿Te parece precioso mi cabello? No lo sabía.


Quise morirme en ese instante.


Pedro cogió mi chaqueta del respaldo de la silla.


—Ven. Intentemos hacer que vomites allí fuera y no aquí dentro, para que no pases vergüenza y para que la pobre gente que trabaja aquí no tenga que limpiarlo.


—Gracias por hacerme sentir peor.


—De nada, es un placer. Siempre a la orden.


—Desgraciado.


—Estás borracha.


—Y tú eres un idiota, y eso no se te quitará por la mañana. Yo tendré resaca; sin embargo, la borrachera se me pasará... y no estoy tan ebria.
Farsante —lo acusé—, solamente eres amable conmigo cuando Martin está presente.


Pedro agarró mi muñeca derecha para encajar mi brazo en la manga del abrigo y el contacto de su piel contra la mía me hizo amarlo y odiarlo; quise pedirle que se sentara a mi lado frente al inodoro mientras devolvía para acariciar mi espalda y también quise vomitarle encima para que tuviese que irse a su hotel apestando.


—Bueno, si te saco mucho de quicio, recuerda que al final de la temporada te irás a seguir con tu vida y ya no tendrás que soportarme.


—Ni tú a mí, y me imagino que entonces estarás feliz de la vida.


Pedro me rodeó y tomó mi otra muñeca para acabar de colocarme el abrigo.


—Mejor no digas nada más.


—Seguro que mis palabras hieren tus perfectos oídos.


—Por lo general, las palabras que soltamos sin pensar suelen herirnos más a nosotros mismos que a quienes se las dedicamos.


Tenía razón, pero, de todos modos, no pensaba dársela.


—Ahórrame tu filosofía de «cinco veces campeón del mundo».


—Es la cerveza la que habla.


—Dicen que los niños, los viejos y los borrachos dicen siempre la verdad.


Pedro se quedó en silencio, observándome desde mi lado izquierdo.


—Estoy muy cansado y la verdad es que no he tenido muy buen día. Le prometí a Martin que te dejaría a salvo en tu hotel, me hizo jurárselo; de otro modo, te dejaría aquí tirada. Lo mínimo que puedes hacer es colaborar un poco cerrando la boca al menos.


—Eres desagradable —le dije, porque de pronto él, tan sobrio y perfecto, tan campeón del mundo y tan distante, me hizo sentir pequeña.


—A ti a veces también te sale muy bien.


—Jamás debí besarte.


Noté que a nuestro alrededor se formaba un profundo silencio. Por el rabillo de mi ojo derecho vi que los mecánicos nos observaban confusos.


«La he cagado», pensé.


—Está muy borracha —soltó Pedro y después me miró—. Nos vamos ahora.